La burbuja del fútbol a punto de explotar

El pasado 27 de julio explotó la primera bomba del verano cuando la Juventus se hizo con los servicios del goleador argentino Gonzalo Higuaín, tras pagarle al Napoli nada menos que $100 millones. Este pasado lunes explotó la segunda.

Higuaín firmó con el campeón de la Serie A por cinco temporadas por $42 millones por lo que el total a pagar sería de $142 millones, convirtiéndose en una de las operaciones más costosas en la historia del fútbol.

Y la pregunta es ¿Vale Higuaín ese dinero? Evidentemente no; sin embargo, la danza de los millones continúa.

Cualquiera pensaría que se trata del mejor ariete del mundo o que es una mina de oro para los anuncios, pero ni uno ni lo otro. El Pipita es bueno y punto. Su gran mérito a sido quedar líder goleador en la Serie A rompiendo un récord histórico, pero en verdad le falta mucho para llegar a la élite.

No por gusto el Real Madrid le dejó ir y en gran parte suya es la responsabilidad del fracaso de Argentina en el Mundial y en la Copa América. Maradona es el más grande porque Burruchaga la metió en la final del 86’ contra Alemania. Messi no lo es porque el Pipita dos veces la falló.

Luego vino el bombazo de Paul Pogba, a cual el Manchester United ha convertido en el futbolista más caro del mundo al comprarlo por unos $116 millones (un poco más gracias al Brexit), cuatro años después de dejarlo por partir sin pedir nada a cambio.

Pogba firmó por cinco temporadas con un sueldo anual de casi $17 millones, por lo que el United tendra que desmbolsar nada menos que $200 millones. Ningun jugador vale tanto y menos el francés, quien a pesar de sus grandes condiciones le queda mucho por demostrar.

Al final el Man United le ha dado demasiado dinero a la Juve y al Napoli.

Lo curioso es que eso ocurre cuando el fútbol es cada vez más colectivo, ahí esta el Leicester, Atletico de Madrid, Finlandia, Chile, Portugal, Independiente del Valle por citar algunos. Tal vez los acomodados dirigentes piensan que garantizan ganar si se gastan verdaderas fortunas en jugadores para estos marquen la diferencia.

Uno dirá: “a mí que me importa, el dinero no es mío”, pero mire usted, sí que es suyo, porque al final usted paga ese derroche comprando el partido en la taquilla o en el paquete de cable, ‘comiéndose’ los anuncios publicitarios, adquiriendo camisetas; en fin, consumiendo ese producto y encareciendo la vida. Que nadie se engañe ese dinero no lo saca el presidente de su bolsillo.

No es el único caso, ni el único deporte. Lamentablemente esto ocurre en todas las disciplinas todos los años cuando se abre la veda, sin que nadie se ruborice por ello. No voy a decir lo de “cómo ‘estos’ van a ganar más que un cirujano que te salva la vida” o lo de “con la crisis que hay y ellos ganando millones”; pero en fin, un poco de mesura no vendría mal.

Si bien ningún deportista vale el dinero que se le paga, sí genera el dinero que recibe gracias a que está montado sobre la enorme industria del deporte profesional, pero sobre todo gracias a los aficionados. Porque no hay que olvidar que fútbol es de ellos, no de las televisiones, mucho menos de los directivos que solo gestionan el dinero.

Pienso que se necesita regular estas enormes diferencias por el bien del deporte, este abuso no se puede aguantar. Ya ardieron las barbas de los de la FIFA; así que, señores directivos, pongan las suyas en remojo. Esta burbuja está a punto de explotar.

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